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Me salgo de mis habituales temas para hacer una confesión: Yo confieso que con frecuencia siento ganas de pegar. Puede que no cada día, pero si un par de veces a la semana como mínimo. Le daría un bofetón a ese político que se forra sin contemplaciones mientras tantos ciudadanos no pueden pagar la calefacción. Me liaría a puñetazos con ese novio imbécil que engaña a mi amiga y la hace sufrir. Un día deseé también con todas mis fuerzas darle una patada en algún lugar muy sensible de su cuerpo a aquel jefe injusto y cabrón que me maltrataba sin motivo. Y me compraría un bate de béisbol para recordarle a un vecino que tengo que no debe gritar así a su madre.

Pero no penséis que esa violencia me brota solo con asuntos de peso. Que va. A veces siento un deseo casi incontenible de darle un sopapo a ese tío que escupe por la calle. O a ese conductor insolidario que acelera en cuanto ve que quiero incorporarme, incluso pegaría (esto ya me preocupa a veces) a la cajera del súper que me mira impasible mientras lleno las bolsas y no mueve un dedo para ayudarme.

Tengo que reconocerlo. Siento con frecuencia la violencia que corre por mis venas. Pero no recuerdo la última vez que pegué a alguien. Seguramente mi hermano fuera la víctima de mi último derechazo. Porque cuando eres niño, tu puño todavía está aprendiendo, y a veces, cuando tu hermano rompe sin contemplaciones tu juguete preferido, le odias tanto que ese impulso no encuentra ningún obstáculo en su camino desde el cerebro hasta tu mano.

Claro que hay motivos a veces. Les aseguro que el novio imbécil de mi amiga merece una somanta de palos. Y tengo ganas. Pero mi puño ya encuentra freno. Muchos frenos. Todos esos que me permiten vivir en sociedad. Todos los que también me protegen cuando la cago. Porque seguro que he merecido un puñetazo más de una vez.

Hay motivos. Pero por suerte, en nuestra democrática sociedad ya hemos encontrado otras vías para resolver nuestros impulsos e injusticias. Es sorprendente tener que recordarlo. Dejemos de poner “peros”.

Hay motivos.

Pero somos adultos.

Somos ciudadanos.