Dicen que es una de las actividades que más estrés produce…puede ser por algo positivo o por todo lo contrario. Lo que sí tengo claro desde hace mucho tiempo es que hacer una mudanza es, sencillamente, agotador…y más. Puede llegar a ser incluso un descubrimiento. Que se lo pregunten a una amiga mía que se acaba de cambiar de casa y para quien me convertí en unas “helping hands” que dicen aquí…

“Nada, nada, sólo necesito cinco o seis cajas grandes para meter los bártulos y la ropa y  los de la mudanza se encargan de los muebles y de lo más pesado”, me comentó con un optimismo fuera de proporción. Teníamos cinco días por delante para llenar esas cajas que terminaron siendo más de 50, de distinto tamaño y peso.. Y seguíamos yendo a por más.”Pues no pensaba yo que teníamos tantas cosas, con lo poco que me gusta a mí acumular…” se justificaba.

Es un descubrimiento, sí señor, y una oportunidad para deshacerse de mucho trasto inútil o de vestidos que no te has puesto desde hace diez años pero que guardas por qué sé yo, por si vuelve la moda, por si adelgazo o engordo, porque me recuerdan a esa fiesta o ese viaje. Mudarse tiene bastante de terapia psicológica. De viaje a ese pasado reciente o remoto que recordamos con los objetos encontrados en un casa. Si no son tuyos, todo lo ves clarísimo: “yo daría esto o tiraría esto otro, total, ¿para qué lo quieres ya?”. Pero si son tuyos, cuesta muuuucho más. Demasiadas adherencias.

Aún así, mi amiga ha vacíado considerablemente su mochila y estrena casa con bastantes menos cosas. Y eso después de superar, además del suyo, el sentimentalismo de sus hijos: “mami, esto no lo des, que era mi pantalón preferido de cuando tenía 2 años..-¿y se acuerda? pensaba yo-, ni esto que aunque esté roto me encanta…”

En fin, toda una experiencia propia y ajena por la que pasamos varias veces. La temperatura que ha hecho estos días en Washington DC tampoco ayuda, aún teniendo el aire acondicionado puesto. Si te pasas, te congelas dentro y luego el golpe de calor es brutal cuando sales fuera. Si no lo pones, empiezas a agobiarte y a sudar antes de haber abierto el primer armario…

 

Julio es tiempo de mudanzas en esta ciudad. Hay mucho movimiento de diplomáticos, funcionarios de los organismos internacionales, periodistas, profesionales varios. Unos vienen otros se van. Se nota en el barrio y en las casas. Siempre da un punto de nostalgia cuando piensas en lo que se queda atrás, en el tiempo vivido en ese lugar lleno de mil historias, seguro. Pero tiene mucho de renovador, de empezar de nuevo, de vivir otra vez. Los estadounidenses están más acostumbrados. Es difícil encontrar una familia que haya nacido, crecido y envejecido en el mismo sitio. No tienen problema en irse de costa a costa si encuentran un trabajo mejor o por cualquier otro motivo.

Les gusta moverse, cambiar y les gusta también llenar la casa de objetos. Si se cambian, hacen un “moving sale”, un día sacan los trastos y los muebles al jardín, le ponen precio, venden lo que no les gusta o da pereza mover y encima sacan dinero. O contratan un contenedor de obra y van vaciando la casa de porquería. Eso también lo he visto. Prácticos son, desde luego.

En fin, que  la vida es movimiento y así deberíamos tomarnos las mudanzas. Con calma, sentido práctico y gran oportunidad para deshacerse de mucho que no necesitamos. Menos peso en la mochila y sentirnos más libres.  El capítulo siguiente después de haber vaciado una casa es llenar la nueva y recolocar todo.  Pero ésa es ya otra historia…