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Una vez alguien me contó que nunca había descansado tanto, como durante los ocho días que estuvo sin hablar, después de un operación de las cuerdas vocales. “Es impresionante la cantidad de energía que se gasta” concluyó. Claro que no todo el mundo tiene el mismo desgaste o aguante cuando se trata de soltar lo que se le pasa por la cabeza, o si no, que se lo pregunten al senador Rand Paul que en casi 13 horas seguidas, de pie, no calló. Y no ha sido el único.

El propósito de Paul, un conservador libertario digno hijo de su padre, era obstaculizar la votación del Senado sobre el nombramiento del nuevo director de la CIA. Con su actitud reclamaba explicaciones a  la Casa Blanca sobre los ataques con drones, esos aviones teledirigidos que lanzan bombas sobre objetivos supuestamente terroristas a miles de kilómetros de distancia. Aparatos que en más de una ocasión se han llevado por delante algo más que el objetivo perseguido. Y sobre este asunto giraron las casi trece horas de oratoria de Rand Paul.

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Hasta que su vejiga le dijo basta y tuvo que ir al baño. Su aguante tuvo su recompensa. Porque su pregunta recibió una respuesta, vía nota del fiscal general del Estado, que le decía que el presidente de Estados Unidos no está autorizado a lanzar un ataque de drones sobre civiles americanos en suelo americano.

Esto, hablar sin parar para obstaculizar una votación en el Congreso, se conoce como filibusterismo. Paul ha sido el último caso de una práctica que tiene su propio récord. En 1957, otro senador aguantó casi el doble de tiempo. Se llamaba Strom Thurmond. Su marca: 24 horas y 18 minutos sin callar.

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Fue su forma de oponerse a la ley de los derechos civiles. Y se preparó a fondo. Se sometió a un tratamiento para deshidratar su cuerpo y así poder beber agua durante su filibusterismo sin tener que ir al baño después. Aún así, hubo un momento en que no pudo aguantar más y durante un rato le sustituyó un compañero. Por si volvía a suceder, llegaron a preparar un cubo para ponérselo detrás del escaño y que pudiera hacer pis de pie mientras seguía hablando. Afortunadamente no le hizo falta.

Así que hay quien cuestiona el récord de Thurmond porque sí interrumpió su particular maratón durante unos minutos. ¿Cómo llenó todo este tiempo? con metros y metros de papel en el que repasó leyes de 48 estados, recitó el código penal, recordó juicios, leyó la declaración de independencia…y permitió preguntas, momento que aprovechó para comer un sandwich. Tanto esfuerzo no le valió para nada porque la ley salió adelante.

Otro nombre de la oratoria política fue el senador por Oregón, Wayne Morse, en 1953. Estuvo 22  horas y 26 minutos hablando y esta vez sin escapada al baño. Para llenar tanto tiempo de incontinencia verbal, además del asunto que quieren bloquear, algunos filisbusteros han llegado a leer fragmentos de obras de la litertura, poesía o hasta recetas de cocina con tal de seguir enrollándose.

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Curiosa táctica parlamentaria que se remonta a los tiempos del Imperio Romano. Dicen que el senador Catón pasaba también horas y horas hablando para bloquear los planes de Julio César.

Hasta el cine se ha hecho eco del filibusterismo como la famosa “El señor Smith va a Washington” de Frank Capra, protagonizada por James Stewart.

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Siempre será mejor el poder de la palabra,  incluso llegando al agotamiento propio o al aburrimiento de los demás, que otros recursos menos civilizados. Aún así, no deja de llamar la atención una práctica permitida en otros países además de Estados Unidos. El último filibustero americano ha dicho que la próxima vez llevará unos zapatos más cómodos. Que se preparen sus cuerdas vocales.