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Hay quien lo ve claro y rápido. Decide. No mira atrás. Hecho. El camino siempre está delante. El período de reflexión o de duda dura muy poco, no permiten que les invada la inquietud ni la obsesión por si aciertan o no. El futuro se encargará de hacerlo. No es mi caso. Lo reconozco. En algunos casos, arrastro la indecisión hasta límites inimaginables. “Eres demasiado perfeccionista” me dijo alguien. “Quieres acertar siempre y eso es imposible”. Así que cuando tengo que decidir algo entre dos opciones buenas y bastante empatadas, opto por dejarlo a las señales…

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¿Señales? Por llamarlo de alguna manera. Delego en el azar para que me oriente y como el azar no tiene una voz que te sopla al oído, me pongo yo misma ante situaciones tan absurdas como “si pillo el semáforo en verde, significa que tengo que coger la opción A” o “si no me admiten este papel en este trámite, significa que cojo la opción B”. Bueno, ya veis cuánto rigor científico tengo. Me recuerda a los años de adolescencia o incluso de infancia. Cuando me gustaba alguien y buscaba pistas para saber si yo también le gustaba, en lugar de preguntárselo directamente. Qué tiempos. No se madura nunca lo suficiente.

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Otra forma de arrojar luz sobre la ofuscación, o en este caso bloqueo, es “sondear” a las amistades. También tiene su riesgos porque recibes tantas opiniones como personas consultadas, claro. Los hay que dicen A y que dicen B y argumentan bien sus posiciones. Así que al final vuelvo a casa igual que cuando salí. Sin que la balanza se incline a un lado o a otro. Y la cosa se complica, porque voy involucrando a más personas en mi propio laberinto y les hago parte de la decisión. Todos esperan el resultado. ¿Qué? ¿Ya has decidido?

También he hecho eso de poner en una columna las cosas buenas y menos buenas de una opción y de la otra. Empate también. Aquí no hay prórroga como en una final.  El tiempo se acaba y hay que decidir. Se acerca el momento de dar el salto pero aún tengo un poco de margen. Decidir es un derecho y también una obligación. Vuelvo a las señales.

De pequeña me decían que si te ponías una prenda al revés sin darte cuenta, es que ese día recibías una sorpresa (hoy me ha pasado, veamos…). Como cuando pelabas una naranja del tirón, sin que se cortara la tira de la corteza, significaba que ese año había boda (no de la persona que cortaba la naranja, precisamente)…O lo que te iba a sonreir la vida si encontrabas un trébol de cuatro hojas. Nunca me ocurrió y no me ha ido mal hasta el momento.  Supersticiones que no van ni han ido nunca a ninguna parte pero que ayudan a distraerse y sobre todo, a reírse un rato.

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Por más vueltas que una le dé, al final te encuentras contigo misma y tu decisión. Sólo depende de tí. Hay que saber escucharse y dar el paso. Y no pensar en lo que dejas atrás. La teoría me la sé como para dar un máster, pero la práctica…No os digo cuando la decisión tiene tres opciones en lugar de dos y también son buenas o al menos, igual de no malas. Todo esto suele venir cuando se trata de optar por caminos bastante igualados; cuando las diferencias están muy claras, la decisión también.

Bueno, debe ser el calor repentino en DC lo que hace que os esté aburriendo con estas “reflexiones” tan profundas. Superando los 30 grados y no es ni la una de la tarde. Para mañana anuncian tormentas. Quizá desaparezca el bochorno estival y los nubarrones de la duda. ¿Playa o montaña? ¿Alguna señal? Feliz junio.