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No estuvo en la Casa Blanca ni tres años. Y sin embargo su presidencia es de las más recordadas y  veneradas en este país y en el mundo entero. Su carisma, su estilo, su visión de las cosas, su familia y sobre todo su muerte le encumbraron a la categoría de mito del siglo XX. Las incógnitas aún no resueltas de su asesinato siguen llenando páginas, documentales, series y películas. Cincuenta años después de aquel magnicidio, JFK vuelve a estar muy vivo en la memoria de todos y en la programación de medios y museos.

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Ha empezado ya el “bombardeo” de reportajes, libros y artículos sobre la vida y muerte de John Fitzgerald Kennedy. Sé de lo que hablo porque ya lo viví aquí en el 40 aniversario. Todo lo relacionado con la pareja más glamurosa que vivió en la Casa Blanca tiene gancho y despierta esa fascinación propia de las historias inacabadas. Como seguro no podréis escapar de esta espiral de “sobre-información” y Kennedy “revival”, no me detengo en lo que supuso su presidencia, ni su vida, ni su asesinato o lo que vino después. Prefiero hablaros del Washington de Jack y Jackie, de la estela que dejaron…

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En esta ciudad, símbolo del poder político y de los valores de la democracia estadounidense, el apellido Kennedy ha dejado una huella imborrable. Está en muchos sitios así que empiezo por el principio. JFK llegó a Washington en 1946 como miembro de la Cámara de Representantes y se instaló en Georgetown, el histórico y señorial barrio de la capital. En enero de 1953 se convirtió en senador por Masssachusets y ese mismo año se casó con Jacqueline Lee Bouvier. La pareja ocupó varias casas de esta zona antes de trasladarse a la Casa Blanca en 1961. Paseaban y alternaban. Iban a sus tiendas y restaurantes, como el “Martin’s Tavern”, el más antiguo de la ciudad.

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Cuentan que un 24 de junio de 1953 fue en esta mesa donde Jack le pidió a su novia que se casara con él. A falta de una confirmación oficial, lo cierto es que el joven senador era un asiduo de este local donde se le solía ver solo, tomando una cerveza. Su plato preferido aquí eran los huevos “Benedict” con bacon, café y zumo de naranja.

 

 

 

 

 

Los recién casados vivieron primero en esta casa de la calle Dent Place, donde estuvieron cinco meses y en donde se tomaron estas fotas de la joven pareja.

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Recién casada, Jackie acudió a la Universidad de Georgetown, para ampliar su formación en asignaturas como la Historia de Estados Unidos.

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Entre el Martin’s y la universidad, está la casa que JFK regaló a su mujer, donde nació el pequeño John y desde donde la familia se  trasladó a su última residencia juntos: la Casa Blanca. Frente a esta casa de la calle N, hay una placa en honor a la vecina de los Kennedy. Se la dedicaron los fotógrafos en agradecimiento por haberles acogido y ofrecido café en las frías guardias que  tenían que hacer para pillar una instantánea de la pareja.

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De aquí salieron para convertirse en el presidente y en la primera dama de los Estados Unidos un frío y nevado 19 de enero de 1961. Jackie volvió a Georgetown después del magnicidio, pero no a la misma casa. Se compró otra. Y un año después decidió que era mejor irse con sus hijos a vivir a Nueva York.

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La última parada en la ruta de los Kennedy por Washington está al otro lado del río Potomac. El cementerio de Arlington. Una llama que nunca se apaga(así lo quiso Jackie que preparó y decidió personalmente todos los detalles del entierro)  recuerda el lugar donde descansa para siempre JFK. A su lado, la tumba de ella y los dos bebés que perdieron.

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Cincuenta años después, esta ciudad recuerda a un presidente que fue el primero en muchas de esas cosas que siempre recogen las hemerotecas: el más joven, el primero nacido en el siglo XX, el primer católico en la Casa Blanca. Fue el primero también en tener un fotógrafo “no oficial” que recogía instantes y momentos de su vida familiar. El primer “televisivo”, el primero en traer el glamour y la modernidad al Washington de los 60. Marcó una época, un estilo y a una generación entera. Su vida y su muerte siguen dando mucho que hablar, como si a este país le quedara aún una asignatura pendiente para cerrar la historia de su siglo XX.

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