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No me gustan los lunes.
Me gustan las historias.
Me gustan las personas.
Me gustan las canciones.
Pero lo que me gusta de verdad, son las personas y las canciones con historia.

Una vez conocí a un hombre triste, luminosamente triste. Porque la suya no era una tristeza vulgar, como la felicidad de las familias felices de Tolstoi. Supe desde que le vi, que la suya era una tristeza con historia. Y qué historia. Era digna de una tristeza infinita, de las de arrastrar los pies y dejar surcos para que se deslicen las lágrimas. Y un hombre triste con historia ya no es como una de esas canciones anodinas que te saltas cuando empieza a sonar en tu iPod. Que va… le pones una estrellita para que suene cuando quieres ir a lo seguro y eliges la lista de “favoritos”. Las personas con historia, ascienden a una categoría especial. Como las canciones que al principio suenan sin más, hasta que un día descubres lo que esconden y todo cambia.

Me pasó cuando escuché La luna de Rasquí. No me gustó demasiado. Pero oí a Drexler contar su historia durante un concierto. Visitó Rasquí durante una gira. Es una isla de Los Roques, en Venezuela. Es la más pequeña, solo tiene una casa, y por la noche salió a la playa, solo. Cuando caminaba por la arena, en silencio, escuchando las olas, mirando hacia la luna, sintió que nada malo podía ocurrirle en aquel lugar. Sintió que ese sitio exacto en el que sus pies se hundían en la arena blanca, era un punto ciego para la pena. La tristeza no podía llegar allí.
¿Cómo volver a escuchar igual aquella canción? Le puse una estrella, era inevitable. Aquella canción ya era mía, todo tenía sentido en ella.

 

 

Cuando conoces la historia, las piezas encajan y entiendes por ejemplo esa cara eternamente triste o esa actitud altiva, o ese rencor eterno, o a Brenda.

brenda
Ella tenía 16 años aquel lunes de enero. En Navidad quiso una radio, pero su padre le regaló un rifle semiautomático calibre 22 y 500 balas. Ese día se asomó a la ventana, aburrida y vio como los niños esperaban para entrar en el Cleveland Elementary School. Cogió el rifle, apuntó y empezó a disparar mientras se reía. Hirió a 8 alumnos y mató a un profesor y al conserje que intentaban protegerlos. Cuando la policía la sacó de su casa, esposada, un reportero del San Diego Tribune le preguntó por qué lo había hecho. Brenda lo miró y le dijo:

-No me gustan los lunes

Ese mismo lunes, Bob Geldolf convirtió aquel drama en canción. Y sé que si no conocías esta historia, “I don’t like mondays” nunca sonará igual para tí.

Me gustan las historias. Y estoy segura de que Brenda oculta una tan desgarradora como el sonido de los disparos de su Ruger semiautomático. Porque a mi tampoco me gustan los lunes, pero lo mío no merece ni una mísera canción.