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Berlín. Septiembre 2010. Llovía. Era muy temprano.

Un grupo de personas refugiadas bajo el soportal de un hotel mirando al cielo y dando pataditas al suelo.

Se acercó.
“Eres Brenda? Soy Óscar. Nos conocemos.”

Nos pusimos a hablar.
Y nos hicimos unas fotos.

Suena a bobada, pero una vez que un corredor se hace una foto junto a otro generalmente se está empezando a coser una amistad.

Y la cosimos. Yo era más veterana, el era aún “de los nuevos”; no soy capaz de recordar si era el primer maratón de Óscar o de los primeros que corría.

Discreto. Siempre discreto.

Óscar observador y sonriente bajo su flequillo.

Fueron pasando los años.

Fuimos tejiendo una amistad.

Y pude observar.

Observar el proceso de construcción de algo muy sólido; observar la evolución de Óscar como runner.

Le recuerdo temeroso al principio (estoy segura de que no le molestará que diga esto), Óscar tenía mucho respeto al maratón.

Iba por detrás de mi. Yo llevaba más maratones completados y tenía mejores marcas.

Nos encontramos un par de veces más por azar. El tenía ya esa mirada del que tiene un objetivo, una estrategia, un deseo.

Mirada de runner.

Hay algunas imágenes inolvidables e inevitables:

Óscar rodeado de sus amigos. De ese grupo tan diverso y tan cohesionado por la pasión de correr.

Óscar mejorando paso a paso, “golpe a golpe”, como dice la canción.

Tesón y constancia.

Trabajo y paciencia.

Han pasado ya cinco años.

Hemos pasado muchas cosas, hemos educado hijas, despedimos a su madre en Chicago y corrimos todos en honor de ella, hemos corrido con el apoyo (y la sonrisa) de su padre, hemos ido año tras año a correr en su adorada Pucela, hiptnotizados y encantados bajo el efecto de su discreta y siempre cariñosa llamada colectiva.

Cinco años viendo como se forja un gran corredor de fondo.

Óscar, corredor del asfalto, corredor de la vida, de los cambios y de lo que venga por delante.

En pocos días Óscar correrá su maratón nº 14. Y nos pondremos parejos en número de maratones corridos.
Sonrío mientras escribo.

Hace ya tres o cuatro maratones que me pasó por la izquierda.

Carrera a carrera, domingo a domingo entrenando, se fue acercando.

El crono nos unía, hacíamos bromas mientras la amistad, siempre discreta, crecía.
Sonrisa y flequillo de Óscar.

Sus marcas fueron bajando y me dejaron atrás.

Y, hoy, ya desde atrás, sigo observando y aplaudiendo.

Ahora soy yo, un lustro después, quien le lanza – desde el cariño y la admiración – esta frase:

“Eres un fiera, maestro. Un ejemplo. Enhorabuena. A por Boston!”

BM
(Y feliz cumpleaños, compañero :)

 

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