Apenas cuatro palabras son comprensibles en los programas matinales de la televisión polaca. Presentadores, reporteros y contertulios repiten, una y otra vez, Hiszpania, “magiano ragoy” y Bankia. Los griegos han votado por las formaciones que apuestan por el euro y el debate político se centra sólo en España. La prima de riesgo y los intereses que pagamos por el dinero que nos prestan se dispara y el pánico a la intervención total de nuestro país se extiende como un reguero de pólvora. España ya es el verdadero problema del euro. El resquicio por donde se pueden colar quienes algún día soñaron con dinamitar la Unión Europea. Ajenos a esa espiral de pesimismo, un puñado de españoles pueblan las calles de una ciudad medieval situada a las puertas del mar Báltico. Cuentan quienes estuvieron en Gdansk que su autoestima crecía a cada paso que daban. No por los gritos de “yo soy español” o por la demostración patriótica y a veces folclórica de los menos acomplejados.

Les llama la atención que mientras teles, radios y periódicos hablan de España como el apestado de Europa, en las calles polacas los lugareños exhiben con orgullo los colores de una bandera que no es la suya. Niños polacos con camisetas y los colores de “La Roja” a hombros de padres que demuestran un cariño y un respeto reverencial a España. No es un caso aislado. Son muchos quienes van con nosotros porque, pese  a todo, y por mucho que los malditos mercados digan lo contrario, tienen la percepción de que España es un gran país. Animan a una Selección que es la suya sin serlo porque aspiran a jugar como “La Roja” en la misma medida que sueñan con dar el salto a la modernidad que dio España hace más de 20 años.

En tiempos de zozobra y pesimismo nos agarramos al sueño de los chavales del fútbol para convencernos de que somos capaces de salir del atolladero con una mezcla de orgullo, talento y solvencia. No será fácil pero saldremos. Pese a los profetas de la catástrofe y a los especialistas en activar el ventilador de la porquería saldremos adelante.

Cuesta leer, estos días, a quienes escriben con el único afán de restar méritos a un señor y a una generación de deportistas que han dado a su país más que nadie. País de cainitas capaces de cuestionar a quienes devuelven la ilusión a todo un pueblo a base de solvencia, profesionalidad, coherencia y calidad. Ganarán o no pero lo habrán intentado con toda su alma. Apestan quienes critican a Vicente del Bosque sólo porque es capaz de llevar a la Selección española el modelo del Barça. Y no apestan por la discrepancia futbolística siempre respetable. Apestan por un patriotismo trasnochado y caduco que corteja a la ultraderecha. Los chavales del fútbol nos han demostrado que juntos podemos mientras los hooligans del micro y la pluma nos han enseñado el camino a esquivar. Ellos -y ojalá que así sea-, arremeterán el próximo domingo contra los Piqué, Xavi, Javi Martínez y compañía por sacar a pasear sus senyeras e ikurriñas. Ojalá que así sea porque habremos ganado. Los demás estaremos encantados de que esas banderas compartan protagonismo con la española. Esencialmente porque también son las nuestras. Y mientras, en Polonia seguirá sonando el “mamy hiszpanya”. “Vamos, España”.