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No hay un solo análisis, un solo dato, una sola encuesta que pronostique un resultado digno del PP en las elecciones autonómicas y  municipales de Madrid. Los sondeos auguran un sonoro batacazo en la Comunidad y un rotundo fracaso en el Ayuntamiento si los candidatos son los actuales inquilinos del poder madrileño.

Es cierto que las encuestas son sólo eso, encuestas, pero lo grave en la “familia” popular es que nadie, casi nadie, las cuestiona por mucho que las publique un medio  poco afín. En definitiva, son creíbles.

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En  la calle Génova saben que el cartel electoral de Ana Botella es garantía de debacle y pérdida del asiento municipal más preciado de España por lo que simboliza y lo que supone para las elecciones generales. El golpe moral que puede sufrir el PP si pierde la capital daría alas a la oposición y pondría en serio riesgo la victoria de los populares en las elecciones generales de 2015. No están mucho mejor las cosas en la Comunidad con un  candidato, Ignacio González, que gobierna gracias al dedo de la alicaída lideresa Aguirre. En este escenario, a Mariano Rajoy no le queda otra. No le vale su tradicional inacción de sofá, puro y “Marca”. Tendrá que tomar decisiones, casi a la fuerza, porque en juego está su continuidad en Moncloa.

 

 

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Si el PP pierde el Ayuntamiento de Madrid tendrá un problema. Si además “regala” la presidencia de la Comunidad se desangrará porque sería el colofón a la debacle que se presume en la Comunidad Valenciana y en importantes  capitales de provincia donde el PP gobierna desde hace lustros.  Superado el trance de las europeas,- ya veremos con qué  nota-,  y después del receso de la la final de Champions y del mundial, Rajoy deberá tomar decisiones por más que se arriesgue a que su actual enemistad política con Aznar se convierta en odio eterno.  Prescindir de Ana Botella e Ignacio González como carteles electorales en Madrid es algo más que un gesto o un desafío al “aznarismo” todavía  latente en el partido. Es una necesidad vital. Cuestión de supervivencia. Puede encomendarse al Apóstol Santiago y esperar plácidamente acontecimientos o remangarse y afrontar la situación con valentía y altura de miras política.