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Conocí a Almudena Grandes al poco de que ambas fuéramos madres, hace 17 años. Ella tuvo a Elisa, fruto de su matrimonio con Luis García Montero, el mejor poeta en lengua española que en mi modesta opinión existe, y yo a Marina. Casi con nuestros bebés a bordo acudimos a una tertulia que organizaba la revista en la que yo trabajaba entonces, ELLE, para hablar de una de sus novelas más exitosas, Atlas de geografía humana. Me pareció entonces Almudena una mujer rotunda, con esa voz atronadora y al tiempo acogedora, sus ojos traviesos y una convicción a prueba de bombas en la condición femenina (de eso iba aquella novela). Hablamos de mujeres, de hijas (cómo no), de literatura, de España, de poesía, de política… Estuvo bien.

Ese encuentro me ayudó a ver a Almudena Grandes con otra mirada más cercana, me hice más cómplice de su literatura y de sus motivos, de sus pasiones radicales… He seguido su obra casi libro a libro. Me he saltado un par y lo lamento, aunque encontraré el momento de recuperarlos. Mientras tanto, estos días he hallado de nuevo el cordón umbilical de sus novelas y sus historias con su última obra, Los besos en el pan. Me parece un título tan bonito, tan sonoro, tan luminoso que me habría gustado que se me hubiera ocurrido a mí aunque sólo fuera para una redacción escolar de mis hijos.
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Y ¿qué hay detrás de un hermoso titulo?, se preguntarán. Pues hay muchas vidas distintas unidas por una palabra común: crisis. Hay una peluquería, un bar, un ambulatorio, un barrio, en definitiva, donde hierven asuntos personales que Grandes maneja con su poética profunda. Hay seres humanos que pelean por sobrevivir y por reírse. Hay también delicadeza a raudales y un coro de personajes que recuerdan que la economía, esa magna parcela donde todos convivimos, es un arma que dispara a unos y a otros de forma desigual.

Almudena dedica el libro a sus vástagos (casi siempre los ha dedicado a su marido) con una frase que asumo por completo: A mis hijos, que nunca han besado el pan. Se refiere a eso que los padres de antes, no tan lejanos en el tiempo, pobres la mayoría de ellos, nos obligaban a hacer a sus descendientes si el pan se caía al suelo, besarlo y devolverlo a su sitio en la mesa. Tanta hambre habían pasado….

Hoy, plantea esta novela, no podemos imaginar esos afectos absurdos, ni el olor de la pobreza, ni la tristeza ambiental. Pero viene a decir Grandes con este relato que versa también sobre la desesperanza, que las cosas no han variado tanto; eso sí, hay más ira, más mosqueo, más resignación, más dolor. Si quieren ver cómo pasa la vida de verdad, la de los recibos, las facturas, los despidos y 0el desengaño, lean esta novela. Los besos en el pan, inolvidable. Y el nombre no es lo mejor, se lo aseguro.