Sharon-Stone Paris Match

No hace tanto era habitual escuchar aquello de “a fulanita se le ha pasado el arroz”. Una forma “preciosa” de decir que las mujeres después de los 35 o 40 años dejaban de estar en el “mercado”. Sólo existíamos en función del hombre, por y para sus necesidades. Eso se acabó.

El otro día descubrí un nuevo concepto: las “Swofty Single Women Over Fifty”, algo así como mujeres de más de 50 años que vuelven a estar libres. Detecto un tufillo también un pelín machista -porque de nuevo nos ponen etiquetas- pero al menos es una muestra de la evolución imparable de las mujeres. La cuestión es hacia dónde queremos evolucionar. No me parece que el camino sea “autolesionarnos” para recuperar el colágeno perdido. Me horroriza ver a grandes artistas estrellarse contra la madurez sin el airbag que nos da la autoestima.

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Prefiero refugiarme en las marcas de expresión, en las arrugas, en los códigos de barra o como queráis llamar al paso del tiempo de otras mujeres que no pierden sus energías echándole un pulso al calendario.

La psiquiatra y escritora egipcia Nawal El Saadawi dice que “la cirugía para quitarse las arrugas es otro tipo de velo, el velo del postmodernismo que oprime a las mujeres del mundo”.

Menos mal que hay todavía muchas que no se dejan oprimir por la tiranía de aquellos que prefieren lo artificial a lo natural. Y, casualmente, son mujeres inteligentes y atractivas. Adoro a Enma Thompson, esa fuerza de la Naturaleza que se muestra como es y dice con naturalidad que odia la flacidez de sus muslos.

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Todas queremos unas piernas a lo Naomi Campbell. No me malinterpretéis, yo estoy a favor de estar todo los estupendas que nos dé la gana pero sin parecer momias. Por eso disfruto también mirando a Julia Otero, la comunicación en persona. Adoro su imagen tan llena de curvas como su voz de matices. La complejidad frente a lo plano, a esa uniformidad artificial que nos quieren imponer.

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Y por cierto si estamos o no en el mercado lo decidimos nosotras que ahora somos las que hacemos la “compra”.