Ya os conté la semana pasada que me iba a Nueva York, pues ya he vuelto. La ciudad ha cambiado desde la última vez que nos vimos, ¿o he sido yo? prometí contaros como me fundía la tarjeta de crédito de tienda en tienda, como probaba los mejores restaurantes, como cumplía con éxito mi única misión: unas Converse plateadas… pero el problema ha sido…

Que no soy Carrie, mucho menos Samantha, no llego a Miranda y  ni me asomo a Charlotte. La Gran Manzana me esperaba con varias sorpresas: 38 grados de temperatura, 80% de  humedad, una barriga de 22 semanas (esto lo he llevado yo), una agenda de trabajo brutal y unas rebajas empezadas hace quince días… total, lo reconozco, he fracasado.

En este viaje no iba sola, una amiga estaba ya allí desde hace unos días, y nada más llegar me dijo: “Nena, es un desastre, está todo Manhattan en rebajas, todo tirado, no queda nada decente. Saks parece Zara, de pena”. Así que eso me animo los primeros días en los que el trabajo me impidió una escapada de shopping.

Pero ya era mi último día en la Gran Manzana y decidí irme de compras, cumplir mi misión, volver por lo menos con las All Star. Para tomar fuerzas entré en el Sturbucks, en honor a Isabel y a Cristina, y me tome un café latte triple (en ese país a cualquier cosa le llaman café) y un frapucchino de chocolate.

Esta era mi única misión, unas Converse All Star plateadas de la talla 5. Mi único encargo en Nueva York, lo único que me habían pedido… pero, de camino a la tienda Converse algo me distrajo, un logo en color azul y tres letras: GAP.

Claro, tuve que entrar. Estaba todo tirado, es verdad, pero la sección de niños, una vez más, se salva. Entré y arrasé, tengo uno y viene otro en camino, así que GAP en rebajas es irresisitible para una madre.

Cuando ya casi había llegado a mi destino: Converse, una zapatería llamó mi atención, su escaparate estaba llena de Toms. Ya habíes leído en este blog que me encantan y en vez de costar 55 euros, estaban a 30 euros, tuve que entrar y comprarle un par a mi marido… es que le echaba de menos.

Total, que el calor apretaba tanto que me tuve que sentar en un par de lugares a la sombra para poder seguir con mi misión. Por fin llegué a la tienda Converse y me encontre con este mural, ¡que pasada!  Estoy a nada de logarlo. Las veo, las tengo en la mano, 56 dólares… pero en plata en talla 5, no quedan. Segunda opción, ¿cuero marrón? nada, el cinco agotado. Y le digo al dependiente, que por supuesto era ecuatoriano porque en esta ciudad aunque intentes practicar inglés, no lo consigues: “¿que te queda de la talla cinco?”. “Es que estamos de saldo, de esa size solo quedan las de la bandera: azul, roja o blanca”.

Misión fallida, he fracasado, Nueva York ha podido conmigo. Las busqué en cuatro tiendas de zapatillas más, pero nada… lo reconozco. Entre en un Pret a Manger y me tomé un lo que allí llaman gazpacho, que en realidad es una especie de sopa fría de tomate… y allí con mi depre me llega un mensaje de mi jefa de misión: “¿mis Converse?”…. lo siento, me ha vencido.