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Hay más motivos de orgullo que de vergüenza al ver a una Infanta desfilando ante un juez como sospechosa de varios delitos. Llevar a un miembro de la familia Real a un juzgado para soportar cientos de preguntas y horas de interrogatorio como imputada demuestra que la Justicia, aunque imperfecta, funciona.  El ciudadano español suele torturarse, flagelarse y resignarse por los casos de corrupción que nos rodean y cae en la trampa fácil de olvidar que vive en un país donde ministros, políticos, altos cargos y banqueros han acabado en prisión. Quien sostiene  que la Justicia no es igual para todos olvida que un modesto juez de Palma ha sido capaz de acusar, imputar e interrogar a una Infanta de España con el criterio en contra de la fiscalía, algo muy poco habitual, y con el rechazo del abogado del Estado. El futuro judicial de la Infanta sigue dependiendo de ese juez incansable  que ahora, después de las evasivas y la declaración de amor eterno a su marido, deberá decidir si archiva el caso o intenta enviar a la hija del Rey al banquillo de los acusados. Los abogados y el entorno de Cristina de Borbón están convencidos de que su declaración repleta de evasivas y cansinos “no me acuerdo”  obliga al magistrado a dar carpetazo al asunto. Y puede que tengan razón pero eso no es suficiente.  

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La Infanta podrá librarse de la pena judicial pero jamás de la condena moral. Es culpable por acción o por omisión y eso es motivo sobrado para que valore, medite y decida su posible renuncia a todos los derechos que le otorgan su condición de miembro de la Familia Real. Beneficiará a su padre, hará el trabajo más fácil a su hermano y por encima de todo se hará un favor a ella misma. Su renuncia evitará, entre otras cosas, la indigestión televisiva de ese paseíllo reducido y adornado con sonrisa “profidén”.  A la Infanta la salvará, casi con seguridad, la Audiencia de Palma si es que el juez Castro se atreve a mantener su imputación. Peor lo tiene su marido que  puede acabar pagando en la cárcel los errores de unos y otros.  

 LA MALETA Y LA PARRILLA

 

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Una de dos. O Alfredo Pérez Rubalcaba prepara su maleta o la parrilla . Hay dos lecturas en la decisión de enviar a Estrasburgo a su mano derecha en Ferraz. La primera apunta a que tira la toalla porque la candidatura de Elena Valenciano, más allá de guiño al feminismo y de señuelo electoral entre quienes rechazan la “ley Gallardón”, esconde un movimiento de mayor calado político. Dejar volar a Valenciano supondría romper el núcleo duro que le ha arropado durante su penosa travesía al timón del barco socialista. Rubalcaba dejaría vía libre a los Madina, López, Chacón, Page y algún tapado más porque parecería enviar la clara señal de que no competirá en las primarias socialistas. La segunda lectura es más benévola para el incombustible dirigente socialista que habría optado por poner  toda la carne en el asador del Parlamento Europeo. En ese supuesto, intentaría armar una candidatura con un tándem muy sólido,- Valenciano y Jáuregui-, para ganar las elecciones europeas si quiera por un solo voto. Una papeleta que sería suficiente para legitimarse como reforzado aspirante a  las  primarias  y eterno candidato del PSOE a las generales.