Ella se llama Amber Miller y tiene 27 años. Él responde con el nombre de Rob Sloan . Ambos han protagonizado, esta semana, dos historias tan sorprendentes como poco gratificantes a ojos del Intruso.

La mujer que posa sonriente convertida en inesperada estrella mediática acaba de dar a luz a June . Se puso de parto siete horas después de terminar los 42 kilómetros y 195 metros del maratón de Chicago.

Cerca de siete horas, mitad corriendo, mitad andando, embarazada de 39 semanas.
Habrá quien piense que la suya es una historia de superación personal y todo un ejemplo para las mujeres luchadoras.
No seré yo quien jalee a sus partidarios porque no creo que haya muchos ejemplos de mayor irresponsabilidad en un ser humano.

Desconozco qué pasó por la cabeza de la señora Miller cuando se calzó las zapatillas de deporte dispuesta a someter a su organismo al titánico esfuerzo de un maratón. Desconozco si sólo pensó en su ego personal o si, por el contrario, llegó a a imaginar cómo podría repercutir su malentendida machada en el bebé que estaba esperando. Entiendo que no hace falta ser un experto en medicina para llegar a la conclusión de que, en el mejor de los casos, correr un maratón, embarazada de 39 semanas, es osado y arriesgado.

Sorprende su comportamiento tan egoísta en una prueba tradicionalmente tan solidaria entre atletas.

Ella, dicen que maratoniana experta, tenía por delante más de 30 años para correr la prueba pero prefirió no esperar y escudada en un informe médico tomó la salida consciente, supongo, del riesgo de caídas, lesiones, bajones de azúcar o simplemente de la aparición del temido “muro” que deja vacío al organismo.

Su comportamiento tuvo poco de heroico y mucho de irresponsable pero, con todo, no fue lo peor.

Lo más grave es ver la cara de su médico, encantado de haberse conocido, compareciendo eufórico ante la prensa con una porte más propia de quien aspira al premio Nobel. “Sí, he sido yo quien lo autoricé. El mérito también es mío. Así que me merezco todos estos focos, flashes y titulares”, debió pensar.
Pero..¿Daría la cara si el parto se hubiera complicado o si el bebé hubiera nacido con problemas? Me temo que no.
A la historia de la falsa slots heroína se suma la del héroe farsante. Un jeta, un caradura, un estúpido que simboliza todas las miserias del ser humano. Un monumento a la estulticia.

Rob Sloan corrió el maratón de Kielder y se cansó. Suele pasar.
Dedició subirse a un autobús y ahorrarse 10 kilómetros y recuperado, optó por entrar en meta corriendo. Hasta eso se puede entender si luego reconoces la trampa. Pero no.

El primo hermano del que asó la manteca dio por bueno su tercer puesto y subió al podium a recoger su medalla de bronce. Un minuto de gloria, un instante fugaz y toda una vida por delante para arrastrar un pesado lastre que no podrá soltar.

Por suerte , entre irresponsables y tahúres- siempre quedan historias gratificantes.

Una de ellas la contó Grete Waitz,- ganadora nueve veces en Nueva York-, en su libro “Maratón”.
Es la historia de una mujer anónima. Patsy Choco se llamaba.

Preparaba su primer maratón y tuvo que dejarlo para someterse una mastectomía. Lo intentó un año después y la historia se repitió. No tiró la toalla. Al año siguiente se enteró de que el cáncer era terminal. Dejó el tratamiento y volvió a entrenar para cumplir el sueño de su vida. Y lo logró. El día de la prueba alguien le dijo, “si sabes que esto es prácticamente el final de tu vida ¿Por qué lo haces?”.

“Sé que voy a morir de todas formas,-respondió Patsy-, pero cuando mis hijos echen la vista atrás, quiero que recuerden que su madre no se rendía fácilmente”.

Patsy no buscó ni fotos, ni titulares, ni entrevistas. Su historia salió a la luz sólo por casualidad. Ella sí fue una heroína. Nacida para correr.