No ha pasado tanto tiempo. Apenas cuatro meses desde que el presidente del Gobierno dijera, durante el balance de sus primeros seis meses en el poder, que no bajaría las pensiones. “No es mi intención” sentenció entonces un atribulado Mariano Rajoy que gestaba con esa frase el enésimo engaño a la ciudadanía. No concibo que el pasado 3 de agosto, fecha de la declaración de marras, Rajoy no supiera que la posibilidad de cruzar la línea roja más peligrosa para un gobernante no fuera factible. Entiendo que sólo había dos opciones. O el presidente era consciente de que mentía a sabiendas o su equipo de técnicos y asesores le ocultaba una información más que sensible. No tengo a Mariano Rajoy por un personaje apareado con la estulticia. Puede ser gris pero no es tonto y estoy convencido de que en agosto ya conocía la posibilidad de incumplir la promesa más dolorosa para un gobernante. La que decepciona a los menos favorecidos. La que traiciona al estrato social que se se merece mayor respeto por todo lo que nos ha dado. Bajar las pensiones a nuestros jubilados es el mayor error de cálculo que ha cometido Mariano Rajoy en su primer año de Gobierno. Da la sensación de haberse contagiado del “efecto Mas”. Uno leyó mal la multitudinaria manifestación de la Diada y la asoció con un clamor independentista que a la vista del veredicto de las urnas no era tal. Así le fue. Otro parece obnubilado por lo buenos resultados de su Partido en prácticamente todas las citas electorales pese a la sangría de recortes y decisiones impopulares. El PP arrolló en Galicia, ganó en Andalucía, subió en Catalunya y sólo sufrió un pequeño traspié en el País Vasco.

Hace mal, muy mal, el señor Rajoy al  interpretar que los votantes le están dando un cheque en blanco con derecho a cruzar la línea roja más delicada. El ciudadano vota PP porque tiene demasiado fresco el recuerdo de una etapa infame con Rodríguez Zapatero dando una lección magistral de irresponsabilidad. Buena parte del electorado no vota a los populares por convicción sino por descarte. No hay alternativa pero ojo con morir de éxito demasiado pronto. La lluvia fina comienza a mojar y amenaza con empapar al gobernante. La flagrante y dolorosa decepción a los jubilados se suma al enfado de jueces y fiscales, -un gremio escasamente sospechoso de “izquierdismo”-,  al descontento de muchos padres y alumnos que ven en peligro la Educación pública, al enfado del mundo de la Cultura, al rechazo de los discapacitados y a una movilización sin precedentes de los profesionales de la Sanidad.

No quiero ni imaginar que el síndrome de la Moncloa impida al presidente percatarse de algo mucho más que obvio. Algo muy grave pasa cuando la práctica totalidad de médicos y enfermeros de la Comunidad de Madrid salen a la calle para evitar el final de la Sanidad universal y casi gratuita. No piden aumento de sueldo. Ni siquiera conservar sus prebendas. Están en huelga para defender el derecho a una atención digna de sus pacientes. Y por si no lo sabe, presidente, entre las 75.000 batas blancas y verdes hay muchas, pero muchas, que votan al PP.

Cuidado con las líneas rojas, Don Mariano, porque corre el riesgo de acabar de forma prematura como ese personaje que presidió España durante ocho años y que dejó al país y a su Partido convertidos en eriales. Pagaría por saber que pensaban los Felipe, Guerra y compañía en el acto que recordaba la llegada del PSOE al poder hace 30 años. Pagaría por saber qué piensan de Rodríguez Zapatero.