"EGOS REVUELTOS"Tengo por Juan Cruz (Ruiz) una devoción ilimitada. No porque escriba bien, ni porque sea un buen periodista, ni un respetuoso conversador, cosa que no es fácil cuando se trata de moderar el uso de la palabra. Todo lo dicho lo es y más, desde luego. Pero yo le admiro sobre todo porque lleva en este mundo de locos entre el periodismo y la literatura muchos años, quizás demasiados para no desgastarse, pero sus ambiciones parecen las del primer día: ser un tipo estupendo que pasa por aquí, dice lo que piensa sin molestar y sigue su camino. No lo conozco de nada, no crean. Pero he leído tanto suyo y le he escuchado tantas charlas con su voz de canario afónico que lo siento como el vecino amable y ameno que de un paseo en ascensor saca una tertulia o un libro.libro

Como éste del que quiero hablar, “El niño descalzo” (Alfaguara), el último y quizás el más íntimo, un tú a tú con su nieto Oliver, al que enseña las cosas del mundo para que un personaje de tres años las pueda comprender. Me gusta Cruz Ruiz porque tiene el don de hurgar en la intimidad sin parecer empalagoso y además resultar emocionante. En “El niño descalzo” remueve toda su existencia para construir una memoria que legar a su pequeño oyente. “Hay un momento en la vida, escribe el novelista tinerfeño, en que las palabras tienen una primera vez. Y ésa fue la primera vez de la palabra ternura. Como en otro momento nacieron pájaro o nido o ascensor o pudor o verso”. O agua, infancia, playa, risa o juego, añado yo. Todas las palabras tienen una primera vez y eso las hace hermosas, como este libro que carece de tensión, argumento, o desenlace. Pero contiene lo que todo libro debería de tener, hable de guerras, muertos, amor, paisaje o ciencia ficción: nostalgia y belleza.

Quítense los zapatos si lo desean para ponerse cómodos y tumbarse a leer “El niño descalzo” en la última playa de su verano, en la butaca de su casa o en el vagón del metro o el autobús que les ha devuelto a la realidad, la dura vuelta al trabajo, y, menos mal, también a la lectura noble y delicada. Aunque no quiero creer aún en que el otoño ya está aquí, leer a Juan Cruz es una buena manera de ir preparándolo. El resto de sugerencias y urgencias para la nueva estación caerán como las hojas secas, a montones.