LIBRO_BANNER_CLUB-01Escucho en “Julia en la Onda” hablar del Club de las Malas Madres y creo que todas en el fondo nos sentimos una de ellas. Yo repaso mi día a día y creo que aprobaría el examen de ingreso. Puedo aportar méritos incuestionables. Soy la que nunca piensa en que hay que hacer un regalo a la tutora y la que siempre pregunta en el chat aquello de ¿alguien sabe de qué tienen que ir disfrazados los niños mañana?…

No doy la talla y no es que no lo intente. Me paso el día corriendo como un hámster sin llegar a ninguna parte. Les llevo, les traigo, les explico, les mimo, les regaño, les regaño, les regaño, les beso, les regaño, les ayudo con los deberes, remiendo pantalones, hago peinados exclusivos, les regaño… Todo eso cuando no estoy en el trabajo sintiéndome culpable por no estar regañándoles como Dios manda.

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Y todavía me siento peor cuando les miro y deseo que se duerman para ver mi serie favorita o cuando observo mi mesilla y veo los libros apilarse, o miro mis piernas y también veo los pelos “apilarse” porque no hay tiempo de “de-apilarse” el mismo día las dos extremidades inferiores, gloriosas en otros tiempos.

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Mi mesilla es como mi vida, una pila de cosas por hacer

 

Y me pregunto si lo estaré haciendo bien porque os prometo que no he gritado tanto en mi vida, no he perdido tantas veces las paciencia y, hasta ser madre, no había pegado capones a diestro y siniestro como si fuera un personaje de “Juego de Tronos”. A veces me dejo llevar por el lado oscuro y sólo espero que ellos se den cuenta de todo lo que los quiero.

Eso sí,  que nadie se lo diga a mis hijos que siguen creyendo que mis manos tienen poderes curativos y mis besos vitaminas. Porque lo mejor de sentirse #malamadre es que hacemos autocrítica y queremos mejorar. Desde el Universo de Martina un beso enorme a todas las mujeres que -como yo- se sienten a veces incapaces de cumplir con nuestras propias expectativas.