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Los genios no deberían morir. O quizás sí. Duele la pérdida del gigantesco escritor retratante de almas, inventor de palabras y escrutador de la grandeza y miseria humana. Con Gabriel García Márquez se va también una parte de vidas menores reflejadas en  personajes que llenaron páginas de amor, esperanza, miseria y soledad a partes iguales. Tan real, tan cruel como la vida misma. Esa existencia retratada en el final de una de sus obras maestras en las que cinceló un demoledor y genial retrato de la soledad del perdedor. “Gabo” era tan grande que cualquiera de sus creaciones consideradas menores merecía el título de obra maestra, sólo devorada por la inmensidad de sus cien años de soledad. Aureliano Buendía fue su personaje más emblemático pero bien podría haber sido ese otro recio Coronel, cómplice de la amargura, que nos dejó la sentencia que hoy, más de medio siglo después de su alumbramiento, firmarían millones de almas tan solitarias, tan ilusas y tan derrotadas como la suya.

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El Coronel vivió como pudo, se entregó como nadie y esperó la recompensa que jamás llegaba para cerrar con una sonora palabra uno de los finales más maravillosamente duros y deprimentes de la Literatura universal. “Mierda”. Tan cruel,  tan real como esos sueños, esa vida, que se nos escapa.

 

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA   

 

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-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.

-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.

-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.

-Es un gallo que no puede perder.

-Pero suponte que pierda.

-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.

La mujer se desesperó.

«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.

-Dime, qué comemos.

El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-Mierda.