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“Allí también tenemos gente obesa, pero no de esta manera” me comentó mi madre la primera vez que vino a vernos. Una impresión que también me llevé yo y lo piensan muchos de este inmenso país. Estados Unidos tiene la tasa de obesidad más alta del mundo. Es evidente en la calle y en los supermercados aunque los últimos estudios indican que algo empieza a cambiar. Difícil, si a la hora de llenar el carro de la compra, los productos tienen mucho más de lo que parece.

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Es decir, llevan más azúcar o edulcorantes o sal o grasas, más de lo que estamos acostumbrados en España, al menos que yo recuerde. “Qué raro es encontrar una salsa de tomate que no tenga casi azúcar” me dijo un día una amiga italiana. A partir de ese momento, empecé a fijarme en las etiquetas nutricionales no sólo de las salsas sino de todo. De mi propio rastreo, concluí que que Tiziana tenía razón. A los americanos les gusta lo enriquecido,  los extra-sabores, que sepa mucho. No sé si porque los alimentos base de su dieta son sosos o porque no han descubierto cómo sacarles su propio sabor sin atiborrarlos de condimentos.

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Da igual en lo dulce que en lo salado. Son aficionados además a estar tomando algo casi continuamente. Raro es ver a alguien al volante que no tiene en su mano un “mug” (especie de macro taza) con su café, su zumo, su cocacola o su lo que sea. Raro es también que prescindan de un “snack” en cualquier momento. Les gusta estar avituallados(en un pienso que dirían algunos) sobre todo si hay que viajar a algún sitio. “En un coche americano, siempre hay comida” me decía entre risas una washingtoniana.

Así que con tanta tentación enriquecida es difícil combatir la obesidad. Uno cree que se está tomando un zumo de naranja natural exprimido como dice el envase y además, se mete un 22 por ciento de azúcar más. Luego regresas a España, pruebas los de allí y parecen una insipidez. Lo mismo con la leche y tantos alimentos de la dieta básica. Lo extraordinario es que no lleven un extra de azúcar y entonces lo destacan con un “no sugars added” o “unsweetened”. Mi batalla particular desde que estoy aquí es encontrar unas galletas normales, de las de mojar en leche sin ser demasiado dulces o  que no tengan demasiada mantequilla o chocolate o cualquier sabor extra. No lo ho he conseguido, a no ser que sean de dietética o de importación. ¡Ay la maría de siempre!

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Los últimos estudios sobre nutrición concluyen que los americanos han reducido el número de calorías que consumen  aunque no se traduce necesariamente en que la tasa de obesidad haya bajado. Quizá porque este cambio de tendencia es todavía muy tímido para que afecte a la estadística. Los americanos ya no toman tanta “fast food” como hace diez años, pero todavía en muchos hogares,  la comida basura sigue estando demasiado presente. Los jóvenes y la población afroamericana son los mayores consumidores de esta dieta barata, poco sana y una vez más, enriquecida con salsas y grasas malas.

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Los que menos consumen esa llamada comida rápida son los mayores de 60 años. Quizá porque les toca cuidarse. Quizá porque se han dado cuenta por fin de lo importante que es alimentarse bien. Quizá porque se ha pasado la edad de darle a la hamburguesa, los hot dogs y los refrescos. Puestos a llenarse de azúcar en un momento, nada como tomarse una cocacola normal o cualquier otra bebida gaseosa con sabores o los zumos industriales. Los mayores enemigos de los dientes.

Uno de cada tres adultos es obeso en Estados Unidos y casi la misma proporción se da el sobrepeso entre los niños. Otro factor que no ayuda nada a bajar la tasa de obesidad es el tamaño de las raciones “made in USA” da igual que sea un plato de macarrones, un bistec o un postre. Con razón muchos se llevan las sobras a casa en la típica “doggybag”. Y en cuanto a sabores dulces, les entusiama casi todo que tenga canela, sea un bizcocho, unas galletas o una tarta.

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Las tartas de los cumpleaños de los niños, los “cupcakes” con su frosting por si no llevaran suficiente dulce encima ya, el tamaño de los helados, en fin, que todo parece estar en proporción a la dimensión de este país. Afortunadamente, hay mucha gente también que mejora su dieta y empiezan a surtir efecto los esfuerzos para concienciar y convencer de lo importante de una alimentación sana. Michelle Obama tiene en esto campaña propia y especial empeño. También muchos colegios se apuntan a comer sano e incluso enseñan a las familias cómo elaborar dietas equilibradas sin perder el sabor en la comida. Esto sí que sienta bien.