La primera vez que la vi aparecía fotografiada en el catálogo de una tienda de electrodomésticos…. No le presté demasiada atención y pasé la página despreocupada. Varias semanas después, volví a encontrarme con ella: esta vez, se me ofrecía con un importante descuento por la suscripción a una revista de consumo. Esta vez sí: piqué, mordí el anzuelo, entré al trapo y me lancé. Al poco tiempo… ¡la tenía en casa!



Cuatro años después, mi máquina de hacer pan SEVERIN sigue ahí, sin estrenar, con la cubeta impoluta. Resulta que -según el recetario- para hacer un mísero bollo se precisan harinas de trigo del tipo 1050, 405, 550… harina de centeno tipo 1150… levadura fermentada tipo “yoquesé”… Total, que me rendí antes de dar la batalla y aparqué la panificadora.

 

Pero no está sola: comparte el fondo de un armario con otros aparatos que en su momento me parecieron imprescindibles, y luego se revelaron perfectamente inútiles.

Como el cuchillo eléctrico Super Power 170 watt-motor, con cuchillas dobles de dentado especial de acero frío inoxidable, empuñadura de diseño, botón de seguridad, cable en espiral, soporte para la pared, cuchilla especial para trocear congelados… En fin, una maravilla que hasta ahora solo ha cortado el aire. 
Como la aparatosa cortadora de fiambre, ideal para familias numerosas que compran los embutidos por piezas. A la hora de la merienda, solo hay que sacar la maquinita, conectarla a la corriente, convertir el jamón/lomo/salchichón en lonchas, preparar el bocata… desatornillar el cierre de seguridad, desmontar “con precaución extrema” la cuchilla, lavar en agua templada, extraer las fibras que quedan enganchadas en el mecanismo, volver a montar el aparato, y luego intentar extraer con un cepillito la grasilla y los restos de carne que inevitablemente se han adherido a nuestras manos. Todo muy rápido, cómodo y sencillo… al cajón.
Otra alternativa para la merienda: la sandwichera eléctrica. La elaboración también tiene su aquél: si te pasas con la mantequilla, el pan se convertirá en una especie de masa grasienta incomestible; si te quedas corto, tendrás que despegar el sandwich con un cuchillo que irá rallando poco a poco la plancha hasta que quede inservible. A ésta le calculo 6 o 7 usos… 


El calentador de leche… Reconozco que en más de una ocasión me ha sacado de un apuro pero… ¿cuántas veces al año se estropea un microondas? Pues eso, otro cacharro prescindible.


En uno de esos momentos en los que te ves tentado por el lado oscuro de la vida sana, me hice con una licuadora: promete zumos exquisitos, sanos, nutritivos… pero nadie te advierte de que para disfrutar de un trago que apenas dura 1 minuto, necesitas al menos otros cinco para pelar y cortar la fruta o la verdura, y otros diez para desmontar la máquina y limpiar los restos que quedan incrustados hasta el último recoveco de la infernal máquina. Así pues, después de un par de usos, la licuadora… al rincón.

Este es uno de mis favoritos: en pleno siglo XXI, es difícil encontrar una lata de conserva que no sea de autoapertura. Y eso justifica que yo -tecnoadicta confesa- tenga en mi cocina… ¡un abrelatas eléctrico! Lo estrené el día que me lo regalaron (para ello tuve que dar la vuelta a la lata) y de ahí pasó a la historia…

 

Y ahora os toca a vosotros: haced examen de conciencia, rebuscad en vuestras cocinas y admitid que también tenéis un rincón oscuro en el que habéis aparcado unos cuantos electrodomésticos perfectamente inútiles.