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El otro día vi la película de “Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel”. Se trata de un relato sobre la vida de la mujer que, sin duda, cambió el mundo de la moda y de la femineidad, ¿por qué no decirlo? El largometraje, con una Audrey Tautou perfecta en su personaje, habla de los principios de Gabrielle (el verdadero nombre de Coco) en París, como cantante, como sombrerera, como mujer y luego como modista de sí misma. Pero, como ocurre siempre con los mitos de la humanidad, las cosas no fueron tan rosas como lo pintan en la peli, Coco, tuvo su lago oscuro, sus fallos y errores.

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El verdadero mérito de Gabrielle fue ver más allá, pensar en como tendría que ser la mujer del siglo XX y ofrecerle una vestimenta adecuada, cómoda y sencilla. “Trabajaba para una sociedad nueva. Hasta el momento habíamos vestido a mujeres inútiles, a partir de ahora tenía una clientela de mujeres activas; una mujer activa necesita sentirse cómoda dentro de su vestido”, decía.

Prendas de punto que hicieron nacer el sportswear femenino; simples tailleurs que ejemplificaron la incorporación de las mujeres al ámbito laboral, uniformándolas; la reivindicación del pantalón femenino; su petite robe noire destinada a simplificar la vida de las mujeres. Con su estilo Chanel, las convenció de que, en cuestión de elegancia, menos sigue siendo más.

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Dentro de Coco había un ansia de venganza hacia la clase alta de la sociedad que la había rechazado en varias ocasiones por no haber nacido en ella. Puso de moda broncearse al sol, obligando a las distinguidas damas de blanca piel a ponerse tan morenas como campesinas y vendedoras ambulantes. Subliminal manera de reivindicar sus orígenes. Icono en vida, cuando decidió cortarse el pelo, muchas mujeres la imitaron.

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Como creadora,  ejerció una venganza la alta sociedad que fue su mejor cliente.  Su estilo escondía una gran revolución: sus creaciones nacían de conceptos que no tenían nada que ver con el pasado, tomando como inspiración algo tan ajeno a la moda como las ropas de trabajo masculinas, que permitía libertad de movimientos, imponiendo una ropa de faena a una clase de mujeres que hasta entonces nunca había trabajado.

Como empresaria se vengó de esa sociedad que la admiraba: los ricos pagaban caro por sus vestidos, y algunos aristócratas incluso trabajaron para ella. Fue el triunfo de una campesina frente a la alta sociedad. Chanel fue seguramente víctima de un gran complejo de inferioridad, debido a lo que su vida escondía (unos orígenes humildes, su paso por el orfanato y una juventud poco ortodoxa).

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Siempre exigente: “Nunca estoy contenta conmigo misma, ¿por qué habría de estarlo con los demás?”), se convirtió en una anciana cruel, incluso con ella misma. “He sido una niña rebelde, he sido una enamorada rebelde, una modista rebelde, un auténtico diablo. Está claro que el orgullo es la clave de mi mal carácter, de mi independencia de gitana, de mi insociabilidad; también es el secreto de mi fuerza y de mi éxito”.

Lo había conseguido todo en la vida, menos una cosa: un hombre a su lado. El precio de su independencia fue la soledad. Nunca se casó pero tampoco parecía importarle. A pesar de todo, el tiempo ha borrado, como siempre hace la historia de un mito, el mal trato que recibían sus modistas, sus trabajadores y sus secretarias (tuvo muchas y todas acabaron con depresiones). Gabrielle fue un genio, una revolución, pero se convirtió en una anciana insufrible en sus últimos años.