El otro día escuché una conversación entre dos madres del “cole” que hablaban de la hora a la que sus hijos se iban a la cama. Una de ellas contaba que le era imposible acostar a sus niños de 6 y 4 años antes de las once de la noche: “¡No sabes cómo se ponen!”. Estuve a punto de intervenir pero me mordí la lengua.

Me mordí la lengua mientras mi cerebro decía bajito: “Claro, por ellos nunca comerían verduras, ni se lavarían los dientes, ni darían besos a la Tía Pepita…”; son niños y la hora de dormir debe ser innegociable. Este mes hemos conocido los resultados de una investigación de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Ramón Llull sobre niños de seis y siete años y concluye que los que duermen menos de nueve horas al día pueden tener problemas de rendimiento en la escuela. 

En la investigación han participado 142 alumnos de primaria sin enfermedades que afecten al sueño. Los que duermen de ocho a nueve horas tienen peor rendimiento que los que descansan de nueve a once horas. Porque lo único cierto es que, se acuesten a la hora que se acuesten, el implacable despertador sonará siempre en el mismo momento. En el caso de este estudio los investigadores tuvieron en cuenta cómo variaban las capacidades de comunicación o metodología de los alumnos en función de su descanso. Un 69% de los estudiantes regresan a casa, al menos tres días a la semana, después de las nueve de la noche o se acuestan, como mínimo cuatro días semanales después de las once de la noche. La conclusión es que el rendimiento académico se resiente sobre todo en el conocimiento lingüístico, en las reglas gramaticales y ortográficas. 

El estudio añade que está muy bien preocuparse porque los niños no estén pegados al televisor o a la  consola de videojuegos pero que también es importante que se vayan siempre a la cama a la misma hora. Los pediatras recomiendan grabar los programas favoritos de los niños si empiezan tarde. Por ejemplo un niño de entre uno y tres años debe dormir entre 10 y 12 horas. Sí es importante tener en cuenta que, a veces, no quieren irse a la cama porque tienen pesadillas y no saben cómo explicarlo. Cuidado con pecar de ingenuos como mi madre que sacó ella el tema con mi hijo: “¿qué te pasa cariño, tienes miedo? el niño rápidamente encontró la excusa perfecta servida en bandeja… “sí abuelita me voy contigo a dormir”.





Desde ese momento repitió la excusa con ella pero sólo lo intentó una vez con nosotros porque no le funcionó. Evidentemente hay otros niños que sí sufren pesadillas. Entonces hay que tratarles con mucho cariño y tener paciencia. Es muy importante también relajarles antes de dormir. Leer con ellos un cuento o contarles una historia permite que la transición hacia el sueño sea más sencilla. Suerte y por cierto una recomendación para nostálgicos o muy jóvenes… echad un vistazo al mítico “vamos a la cama” porque siempre arranca una sonrisa.