Nadie debería morir con 18 años. Y por supuesto nadie se merece una muerte tan horrible como la de Katia, Cristina, Rocío y Belén. Aplastadas por la voraz ambición de un tipo capaz de jugar con la vida de miles de chavales por un gran puñado de euros. El tal Flores,- artífice del  concierto del “Madrid Arena” y supuesto responsable de un cuadruple homicidio-, debe pagar su aparente villanía por el bien de una sociedad que no merece personajes de esta calaña. Rompe el alma pensar en los padres que no volverán a disfrutar de la sonrisa de cuatro chiquillas en la misma medida que angustia el drama de los cientos de familias que rozaron la tragedia en la madrugada de Halloween. Se habló de un petardo, de una bengala, del exceso de euforia, de la mala suerte. De tantas cosas para justificar lo miserable. Pero no. La tragedia de Madrid hubiera sido bastante improbable si cada cual hubiera hecho su trabajo. Si el egoísmo de los empresarios no les hubiera llevado a vender tres veces el aforo del recinto. Si la Policía Local hubiera sido más celosa a la hora de contabilizar la multitud que entraba al concierto. Si el equipo médico contratado hubiera tenido los medios adecuados….

Lo peor de esta infame noche de los Santos fue el voraz apetito material de quienes juegan con la vida de los demás desde hace años con la fortuna, para ellos, de que hasta ahora habían podido esquivar la tragedia. Lo mejor, la solidaridad, el compromiso y la responsabilidad de los chavales que intentaron echar una mano para salvar las vidas que se escapaban entre los cuerpos amontonados. Y lo grave, la actitud de un Ayuntamiento de Madrid empeñado en dar la sensación de que el asunto no va con ellos. Desde el principio quisieron lavarse las manos con las sonrojantes explicaciones de un vicealcalde que intentaba aclarar que las entradas vendidas eran menos del aforo permitido. Supongo que nadie le aconsejó que visionara los vídeos grabados por los chavales donde se aprecia la ratonera en la que se había convertido la pista central del pabellón.

Lo de después es el mismo “bla, bla, bla” al que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Que la alcaldesa Ana Botella invoque a la responsabilidad de los jóvenes por el abuso de alcohol es simplemente miserable. Su patética respuesta sólo está al alcance de alguien a quien el cargo le viene grande. Apena que nadie en el PP se haya percatado de la relevancia política del Ayuntamiento de  Madrid. “Es más importante que ser ministro” se decía cuando el inquilino era Alberto Ruiz Gallardón. Supongo que quien toleró, impulsó y jaleó la llegada de la señora Botella a la alcaldía debió de echar un vistazo a la nómina de los ministros de las últimas Legislaturas. Es verdad. Cualquiera puede ser ministro.  Cualquiera, para desgracia de Katia, Cristina, Rocío y Belén, puede ser alcaldesa de la capital. Apañados vamos.