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Por Óscar Vázquez Carnero, @oscarvazquezcar

Sólo fracasa quien no lo intenta. La frase es un mantra repetido machaconamente durante las últimas semanas. La palabra fracaso está fuera del vocabulario de cualquier maratoniano que haya puesto empeño, ilusión, sacrificio, esfuerzo y constancia para afrontar los 42,195 kilómetros más duros que recuerdo. La palabra fracaso no existe para los más de 50.000  corredores que colocaron su dorsal al pecho para recorrer las calles de Nueva York. Sólo fracasa quien no lo intenta o el maratón como metáfora de la vida. El maratón como metáfora de unas vidas que alimentan las historias de Nueva York.

EL SUEÑO AMERICANO

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El dorsal 9.591 se ha ido a uno de los runners que más lo merecían. Daniel Hernangomez (@danifundacion) comenzó a correr por la Gran Manzana cuando sus ojos de niño se convertían en platos al ver la imponente estampa del puente de Verrazano atestado de corredores que enfilaban el barrio de Brooklyn. Dani lleva años soñando el momento. Años para imaginar cómo suenan el himno americano y el “New York, New York” de Sinatra segundos antes de la salida.  No hace tanto una lesión estuvo a punto de robarle su sueño pero entre luchar o ceder se quedó con lo primero.  Tres días antes del maratón se puso una camiseta muy especial con la foto de sus amigos estampada en la tela amarilla con la leyenda “Dani, no te rindas”. El “comando berlinés” tuvo el gesto y él puso el resto. Desafió a sus límites y se sobrepuso a los negros augurios médicos porque nunca dejó de creer. Jamás renunció al oasis que comenzó a vivir meses atrás con duros entrenamientos y una mentalidad espartana que contagió al resto del grupo. Parecía un milagro pero sus gritos de ¡”vamos, vamos! ya atronaban en Verrazano bridge antes de la salida. Las primeras zancadas eran tan anárquicas como la explosión de sensaciones de los miles de runners. Nueva York es un maratón que no espera para presentar credenciales. Arranca en subida y apenas tres kilómetros después ya enseña sus mejores galas. Miles de personas aguardan a los dos lados de las calles de Brooklyn para animar a sus héroes anuales. Resulta imposible mantener la calma y muy difícil conservar la cabeza fría cuando escuchas tu nombre una y otra vez. El ruido se hace atronador y el alma de Dani se agiganta cuando distingue entre el público una bandera de España y escucha la voz familiar de los infatigables animadores Esperanza, Vanesa e Iván. Los 15 primeros kilómetros son inolvidables porque las piernas vuelan y la cabeza está entera. El cuerpo responde también en el barrio de Queens antes de afrontar el paso por el medio maratón en una de las subidas complicadas de la prueba. Es solo un aviso porque en el kilometro 25 espera el temible puente de Queensboro. Casi dos kilómetros de durísima ascensión antes de que el dorsal 9.591 se de cuenta que los años de privaciones han merecido la pena solo por vivir la entrada en la Primera Avenida. El silencio del puente se rompe a cientos de metros de su final con un estruendo propio de los estadios míticos. Cientos de miles de neoyorquinos se dejan la garganta para animar a los corredores en sus primeras zancadas por Manhattan. Dani vuela y se siente el hombre más afortunado de la tierra cuando minutos después vuelve a ver las banderas de su país con los dos grupos de animadores del “comando berlinés”. Esta vez esperan Lucía, Gemma, Ana y Juncal.

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Se frena eufórico para saludar y desafía la fortaleza de una prueba que no admite bromas. Mantiene vivo el reto de finalizar por debajo de 3:15 más allá del kilómetro 30 y es ajeno a lo que le espera. El terrible muro, la mítica pared, golpea a siete kilómetros de meta. Es el momento en que la experiencia y la garra no sirven de nada porque el cuerpo dice basta. Dani tiene fortísimos dolores de flato que intenta disimular con sus manos apretando el estómago. El dolor le hace parar una vez, una segunda y hasta una tercera y comienza su agonía. Sabe que se le escapa la marca y llega a pensar en frenar en seco para esperar a los compañeros del “comando” que vienen detrás. No lo hace y encara el kilómetro 40 completamente roto y desencajado. El tramo final de su maratón es inolvidable por épico. Acostumbrado a ritmos casi de élite enfila la recta de meta corriendo con mucha dificultad. Apenas quedan fuerzas para sacar la bandera de España que lleva colgada durante toda la prueba y levantar los brazos mientras piensa “lo conseguí, lo hice”.

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  Mira al cielo y piensa en su familia, en su mujer , en sus hijos, en sus padres, en su tía enferma y en sus amigos del “comando berlinés”. Espera lloroso en la meta para fundirse en un abrazo emocionado. Ahora llora de alegría porque su amigo ha hecho mejor marca personal. Dani y su número ya son historia. El 9.591 ya es otra historia de Nueva York.

HÉROES DE NUEVA YORK

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Nueva York es un lugar de héroes anónimos, una urbe hecha a golpe de talento y esfuerzo. Un espacio que descubrió el maratón hace 44 años y que desde entonces lo cultiva, lo cuida y lo mima. Una ciudad que año tras año sigue alumbrando pequeñas historias que la hacen cada vez más grande. El protagonista de la siguiente lucía el dorsal 9.680 adornado con el color azul que distingue a quienes  salen en la primera oleada. Rubén Serrano @vertice1974 aterrizó  con el sueño intacto y la ilusión de un principiante que acumula cinco maratones. Acompañado de Ana y de su hija Lucía y convencido de rozar con los dedos la utopía de terminar el reto por debajo de las tres horas. Rubén lo hizo todo bien antes de llegar a Nueva York. Fue constante en los entrenamientos, bajó de peso y pasó con nota la distancia de pruebas más cortas. Llegó concentrado y motivado y rozó la felicidad rodeado de amigos cuando escuchó con la mirada brillante el himno americano. Pensó entonces que su vida cambió cuando conoció a ese grupo de locos del maratón que han hecho del reto perpetuo su forma de vida. Salió a por todas y devoró kilómetros con la felicidad  del principiante. Voló cuando escuchó el “Eye of the tiger”  de Rocky en Booklyn y cuando sonó  el “Born to run” de Bruce Springsteen en Queens. Le esperaba el éxtasis de la Primera Avenida para disfrutar de los suyos y de ese beso que enterraba recuerdos oscuros y meses de infierno.

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Su familia lucía orgullosa esa gigantesca bandera de España pintada con mimo por sus hijos que dejaron su huella infantil al estampar en negro el nombre del “comando berlinés”. Le pudo la pasión y lo dio todo en este kilómetro 27 que acabaría pasando factura. Sufrió a partir del 32 y conoció las miserias de la grandeza. Supo lo pequeño que puedes llegar a sentirte en una prueba capaz a la vez de agigantar tu propia leyenda. Corrió los últimos kilómetros devastado por las flaquezas físicas que ni siquiera pudieron impedir los antaño milagrosos geles. Rubén no corrió el último tramo como sabe. Lo masculló mientras una y otra vez se preguntaba ¿en qué he fallado? Él todavía no era consciente de que no erró. Todavía no sabía que sólo fracasan quienes no lo intentan. Eso lo aprendió después de cruzar la meta y digerir la decepción  de no poder  hacerse una foto con sus amigos. Pasó frío mientras maldecía no haber mejorado su marca personal por un puñado de segundos y tardó en valorar que acababa de firmar una envidiable marca de 3:13:33 en el maratón “Major” más difícil.  Rubén dejó Nueva York sabiendo que el camino a la gloria no es fácil pero todavía no sabe que hace tiempo que comenzó a transitarlo para conocerlo.

LA HISTORIA DEL 9.593

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9.593. Imposible olvidar el dorsal que me acompañó durante todo el maratón de Nueva York. Lo lucía José Luis Hernández @shevi68 que se pellizcaba una y otra vez para confirmar que sí, que estaba allí, en la parte alta del puente de Verrazano. En la salida derecha y con el perfil de Manhattan escorado. Decidió beberse de un trago los momentos mágicos de la prueba. Llegó a Manhattan con su inseparable Esperanza y con Marc, su compañero de correrías por los montes de Viladecans. José Luis es de esa estirpe de runners que llevan dibujado en el rostro la lealtad y la honestidad. Yo lo sabía antes de llegar a Manhattan y tuve la ocasión de comprobarlo en cada metro de la prueba. Salimos juntos y juntos llegamos gracias a su generosidad. Vivió como pocos los momentos previos a una carrera soñada que le dejó recuerdos imborrables en cada metro.  Se sorprendió de las grande medidas de seguridad y disfrutó de la salida y de las entrañables avenidas de Brooklyn donde se mezclaban el acento hispano y americano de un público que se desgañitaba con sus gritos de ¡”Go Marc” y  “Go Shevi”! Le cambió la cara al ver a su “hermano” Iván y a su pareja Esperanza poco antes de entrar en Queens. Un barrio lleno de contrastes donde el español suena con fuerza antes de conocer el estruendoso silencio de la zona judía. José Luis llega fresco a Queensboro bridge y sale eufórico cuando escucha el rugido de una urbe que se echa a la calle una vez al año para recordarle al mundo que sigue siendo dueña del maratón. El MARATÓN  con mayúsculas. Luce el 9.593 por la larga Primera Avenida y disfruta del apoyo de “nuestro” público que engalana las vallas con las banderas de España. Corre fácil e inmensamente feliz y afronta el último 10.000. El que pone en su sitio a los maratonianos. José Luis marca el ritmo y se da cuenta de que su compañero de viaje comienza a flaquear. En los pasos emblemáticos del maratón  siempre ofreció su mano para chocar con la mía en señal de complicidad. Ahora sabe que eso no basta. Mira una y otra vez hacia atrás. “Vamos Óscar”, no hemos llegado aquí para estropearlo al final. “Por tu familia, por tus amigos, por los kilómetros contra el cáncer. No podemos fallar”. Acabamos de pasar el momento crítico de la prueba después de bajar ligeramente el ritmo y de un gel milagroso. Llega la hora de vivir la esencia del maratón de Nueva York. El que da lo mejor y lo peor. El que te premia con un ambiente irrepetible  y el que te castiga con un  perfil endiabladamente demoledor. El que te hace pensar “que esto no se acabe nunca” poco antes de suplicar “por Dios, dónde está la meta”. Los últimos siete kilómetros son una mezcla de sensaciones. La eterna Quinta Avenida y su subida amenazan con desmoronar el sueño de bajar de 3:30 y los toboganes de Central Park castigan los músculos hasta un punto de dolor casi insoportable. José Luis tira de mi, pasa por todos los avituallamientos para darme agua o bebida energética y repite, una y otra vez “lo tenemos”.

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Faltan dos kilómetros. Los más inolvidables. Volvemos a ver a Esperanza, grito “Gemma, te quiero”  cuando veo a mi hija entre el público , sonrío cuando encuentro al corresponsal de Antena 3 en Nueva York, José Ángel Abad, y al cámara que graba nuestro paso y cambio de ritmo cuando me topó en medio del recorrido con los gritos de ánimo de @brendamarting, madrina del Comando y runner ejemplar. Queda poco más de un kilómetro y José Luis no afloja. Cada puñado de zancadas,una mirada atrás para comprobar que sigo a su lado. A 300 metros de la meta, al límite de las fuerzas, saco la bandera de España y se la ofrezco a mi amigo sevillano. Con ella entramos en 3:28:04. El dorsal 9.593 ha protagonizado otra historia de Nueva York. Yo siempre podré contar que le acompañé.

LECCIONES DEL MARATÓN

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Esta metáfora de la vida te enseña que no hay derrota mientras estás vivo.  “In Contraria Ducet”. “En la adversidad lucha”. Lecciones de rugby para un maratoniano que disfrutó más allá de los 42,195 kilómetros. Nueva York volvió a darme lo mejor y lo peor. Me recordó que soy un maratoniano con poco talento pero sobrado de corazón y orgullo y me premió con unos recuerdos imborrables. Exhausto y feliz, recupero el texto del tweet que escribí en el autocar camino de la salida. “Con mi hija entre el público, mi madre donde quiera que esté y con el aliento de mis amigos, no podía fallar. Mejor marca personal en NYC.” Fue mi único mérito. Creer en mí antes del reto porque sólo fracasa quien no lo intenta. Vuelvo a casa más convencido que nunca de que la derrota no existe mientras sigas vivo aunque estés en la lona y de que hay pelea si el partido no ha acabado. Otra vez el maratón como metáfora de la vida. Regreso orgulloso y emocionado por los mensajes de ánimo de la parte del “comando berlinés” que se quedó en Madrid y en el País Vasco. Gracias a Juan, Miguel, Ricardo y José. Terminé la aventura al borde de la lágrima al comprobar el seguimiento  emocionando de mis amigos pucelanos y la ilusión de principiante de mis ETERNAS amigas del Universo de Martina. Y muy agradecido a todos aquellos que colaboraron con el proyecto #kilómetroscontraelcancer de @rafavega_ @MarianellaCorde, @carlos_mascias y @JulioMolinaCast Gracias a Celia Prieto, Gemma Vázquez, Lucía Vázquez, Celia Vázquez, Rafael Rivero, Gracia Gómez, Carla Rivero, Mario Rivero, Javier Vázquez, Mayte Ortega, Rosa García, Ana Azcárraga, @crisdejuan @Solepvicens @mironmartin @juankiarribas @martachavero @cristinaperezgo @PalomaUgarte60 @MariaPLaya @uxiablanco@ LauriArtal @margagc @LuisSerrano @chussanchez_73.  Su generosidad ha hecho la vida más fácil a alguien que lo necesitaba.